“Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra. Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán, si oyeres la voz de Jehová tu Dios” (Deuteronomio 28:1-2).
En primer lugar, este pasaje nos habla de la exaltación que Jehová, nuestro Dios, otorga a aquellos que escuchan y obedecen sus mandamientos. Es importante recordar que este versículo se encuentra en el contexto de la ley mosaica, donde se establecían las normas de conducta y rituales que los israelitas debían seguir. Quienes cumplieran con estas pautas serían bendecidos por el Todopoderoso.
Tengamos también presente la importancia de escuchar y seguir a Dios. La obediencia no solo es un acto de amor hacia el Creador, sino que es una demostración de nuestra fe y confianza en Él. Reflexionemos sobre nuestra relación con Dios. ¿Le estamos prestando atención a su voz? ¿Estamos obedeciendo sus mandamientos? La obediencia no es una carga, sino una oportunidad para acercarnos a Él y recibir las bendiciones que tienen el potencial de transformar nuestras vidas.
La promesa de la exaltación se aplica a aquellos que escuchan y guardan su voluntad, pero también debemos estar atentos a las consecuencias que se derivan de la desobediencia. Debemos tomar en cuenta que, aunque la gracia y misericordia de Dios son infinitas, nuestras acciones tienen consecuencias.
En segundo lugar, somos el fruto de la voz que oímos. En un mundo de mucho ruido, necesitamos estar atentos a la voz de Dios y no descuidar el llamado para cada creyente.
Los ruidos fuertes pueden dañar las partes del oído interno que detectan el sonido y envían señales al cerebro. Éstos pueden romper el tímpano o dañar los huesecillos en el oído medio. Este tipo de pérdida de audición inducida por el ruido puede ser inmediata y permanente. La exposición al ruido fuerte también puede causar tinnitus, que es un timbre, silbido, zumbido o rugido en los oídos o la cabeza.
En nuestra vida diaria, a menudo nos encontramos en encrucijadas donde debemos elegir entre nuestros deseos y lo que Dios nos llama a hacer. Deuteronomio 28:1-2 nos recuerda que al escuchar y seguir su voz, no solo encontramos un propósito más grande, sino que también experimentamos su amor y guía en cada paso.
Dios nos ha hablado desde el principio, pero hemos de aprender a conocer su momento; y eso requiere disciplina y paciencia.
A veces no escuchamos a causa de los ruidos. Si permanecemos en Él y guardamos sus mandamientos, podemos discernir la voz de Dios. En el Evangelio de Mateo 24:23-24, leemos: “Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis. Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos”.
A medida que nos vayamos acercando a los últimos días, la falsa profecía abundará más y más; y Satanás intentará engañar a la iglesia, utilizando muchas voces. Sin embargo, los que aprendamos a escuchar a Dios no seremos engañados, porque sabremos la diferencia que existe entre Él y las voces falsas.
Vivimos en una época en la que la mayor parte de los cristianos a nivel mundial, no están conscientes de lo avanzado de la hora; por lo tanto, resulta imperativo que aprendamos a escuchar la voz de Dios a diario.
En tercero lugar, hay aspectos de nuestra vida a los que no les prestamos mucha atención porque los damos por sentado. No andamos contando nuestros respiros y menos los latidos del corazón, pero en cuánto sentimos un leve ahogo o una breve palpitación nos damos cuenta de su importancia, y temblamos pensando que algo anda mal en nuestro cuerpo.
Mateo 13:9 nos dice, “El que tiene oídos para oír, oiga”. Esto es prestar atención activa y espiritual para comprender los misterios de Dios, ya que la capacidad de entender la verdad depende de una disposición receptiva del corazón. Tener oídos para oír es contar con la capacidad de comprender lo que se dice gracias a la actitud correcta: la obediencia. Si no queremos hacer la voluntad de Dios con sinceridad, no podremos escucharle.
Cuando leemos en el Evangelio de Juan 10:27-28, “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”.
Esto habla de aquellos que escuchan prestando atención de forma obediente; este tipo de escucha da como resultado la fe. Romanos 10:17 confirma que la fe es por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios. Una forma primordial de oír la voz del Señor es a través de la Palabra de Dios. Al oír su voz en las Escrituras, llegamos a conocerle, y conocerle produce fe, y esa fe hace que le sigamos y obedezcamos. No solo leamos la Biblia, seamos lectores atentos.
En conclusión, debemos estar atentos a la voz de Dios con disciplina y constancia. Recordemos que Dios trae exaltación a aquellos que con obediencia atienden Su voz, lo siguen y guardan Sus mandamientos. Que sea el Espíritu Santo ayudándonos a saber discernir la voz de Dios en todo tiempo, ante ruidos que causarán daños colaterales en nuestra vida espiritual.
Verónica Martínez, pastora de la Iglesia de Dios Templo de Alabanzay Restauración (Brooklyn, Maryland)











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