Al entrar al cuarto del hospital, me encontré con un hombre de la tercera edad sentado al lado de la cama donde yacía su esposa, con quien llevaba más de cincuenta años de casados. Ella estaba serena, con los ojos cerrados, y él la sostenía de la mano. Me sonrió, y entonces me presenté como el capellán de turno. Era aproximadamente la una de la madrugada, y la operadora del hospital me había enviado un mensaje avisándome que una paciente estaba en sus últimos momentos y que debía acudir a su habitación. Ese fue el contexto de mi encuentro con aquel hombre: dos desconocidos coincidiendo en un momento íntimo y eterno. En un instante entré en el mundo de una pareja que por décadas había compartido alegrías y tristezas, logros y desaires, y ahora yo tenía la comisión sagrada de acompañarlos en su última experiencia juntos. La única diferencia era que yo solo participaría como testigo.
Aquel caballero me habló brevemente de su amada esposa. Sacó una fotografía donde ambos sonreían jóvenes frente a la cámara y me dijo: “Esta es mi esposa,” señalando la imagen, no a la persona postrada en la cama. Oramos juntos; él la bendijo al oído, la encomendamos en las manos del Señor y, de pronto, dejó de respirar. En un instante, la mujer que había estado presente ya no estaba. Fuimos testigos del misterio de la vida y de la muerte en un solo momento. Esto, para mí, es la capellanía en su mera esencia.
En un mundo donde el dolor y la incertidumbre aumentan, la capellanía se levanta como un ministerio esencial dentro del cuerpo de Cristo. Aunque la mayoría piensa en capellanes en hospitales, prisiones o unidades militares, la verdad es que este llamado va más allá de instituciones: es una extensión pastoral hacia personas que quizá nunca entrarían a una iglesia, pero que necesitan profundamente experimentar el amor de Dios.
El teólogo evangélico John Stott dijo: “La misión cristiana significa ir donde la gente está, no esperar a que ellos vengan a nosotros.” La capellanía encarna exactamente esa verdad.
Este ministerio se levanta sobre cuatro pilares fundamentales: el deber, el acompañamiento, la presencia y la comunicación del amor de Dios a desconocidos.
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El deber: Una responsabilidad sagrada
El capellán cumple un deber que no es meramente profesional, sino espiritual. Sirve por obediencia y por amor. Efesios 4:12 nos recuerda el propósito de todo ministerio: “A fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo.”
Henry Blackaby en su libro Experimentando a Dios escribió: “Dios está obrando a nuestro alrededor; nuestro deber es unirnos a Su obra donde Él ya está presente”.
El capellán entiende que su deber es estar donde Dios ya está trabajando: en pasillos de hospitales, en cuartos de crisis, en celdas, en campos de batalla, y en conversaciones privadas. Como Cristo, el capellán aprende que la verdadera autoridad espiritual nace de un llamado sagrado.
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Acompañamiento: Caminar con el prójimo.
Acompañar significa caminar con otro en su valle oscuro o su cumbre alta sin abandonarlo. El Salmo 34:18 nos da la esencia de este ministerio, “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón.”
El pastor y escritor Max Lucado dijo, “Cuando no puedas hablar por alguien, ora. Cuando no puedas resolver, acompaña. Cuando no puedas cambiar la situación, sé la presencia de Dios para esa persona.”
El acompañamiento del ministerio de la capellanía no depende de soluciones sino de presencia. Quien sufre no necesita respuestas rápidas; necesita a alguien que permanezca. El capellán se convierte en un recordatorio viviente de que Dios no abandona a nadie en su dolor. Como dice R. Esteban Montilla, “‘Cada persona es un mundo’—un recordatorio de que el cuidado pastoral exige humildad, sensibilidad cultural y disposición para escuchar”.
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Aprender a estar presente: El ministerio del silencio y la empatía
Estar presente es un arte espiritual. A veces, la mejor teología es un silencio compasivo. Jesús lo demostró cuando lloró con María y Marta (Juan 11:35). Antes de hablar, Él presencia su dolor.
Howard Clinebell, “A presencia fiel es muchas veces más sanadora que las palabras más elocuentes.”
El ministerio de presencia consiste en estar sin prisa, escuchar sin juicio y cuidar sin condiciones. Efesios 4:2 lo resume así: “Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor.” El capellán, más que hablar, encarna este versículo.
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Comunicar el amor de Dios a desconocidos
El capellán representa a Jesús en contextos donde la fe no siempre es bienvenida o comprendida. Su tarea es comunicar el amor de Dios con respeto, sensibilidad y valentía.
El evangelista Billy Graham expresó: “Dios nos ha dado dos manos: una para recibir y otra para dar. El capellán extiende la mano de Dios hacia el desconocido.”
Isaías 61:1 describe claramente este llamado: “El Espíritu de Jehová está sobre mí, porque me ungió Jehová… para vendar a los quebrantados de corazón.”
En hospitales, cárceles o bases militares, muchos escuchan del amor de Cristo por primera vez a través de un capellán. Son mensajeros de esperanza en ambientes marcados por miedo, dolor y desesperanza, o simplemente por curiosidad. A esto se le incluye la iglesia local. En la iglesia hay muchas personas que oyen por primera vez que Jesús les ama. El pastor o pastora caminan por la senda de la capellanía sin saberlo a veces.
Conclusión
Después de concluir mi tiempo en el hospital, pasé a servir como ministro de cuidado pastoral en una iglesia local. En esa congregación había un hombre que asistía con regularidad y se consideraba agnóstico. Durante varios meses sostuvimos conversaciones sobre la Biblia, la salvación y la vida eterna. En cierta ocasión sufrió una crisis de salud, y fui a visitarlo a la unidad de cuidados intensivos. Al llegar a su habitación, me compartió una experiencia en la que se vio llegando al cielo. Al principio pensé que descartaría su relato como una alucinación, pero para mi sorpresa me dijo que allí Dios le había recordado que la vida eterna es real y que su vida estaba segura en Él.
La capellanía es el evangelio en movimiento. Es el corazón de Cristo caminando con los que cuestionan, sufren, lloran y encaran adversidades. La iglesia de hoy necesita recuperar esta vocación misional, pastoral y encarnacional.
Como dijo Dietrich Bonhoeffer, pastor evangélico martirizado: “La iglesia solo es iglesia cuando existe para otros.” Eso es exactamente lo que hace un ministro con corazón de capellán.”
Que Dios levante más hombres y mujeres dispuestos a llevar Su presencia a los lugares donde la esperanza parece ausente. Porque donde hay un capellán . . . Cristo está presente.
Eliezer Bonilla, supervisor regional, Región Golfo Río Grande Hispana











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